¿Desaparecerán los libreros?
libreros 06-08-2009 GTM 1 @ 07:00 Tags: Cámara_Argentina_del_Libro Futuro_de_la_libreríaUn reciente estudio de la Cámara Argentina del Libro no parece ser excesivamente optimista sobre su futuro y supervivencia.
Leemos en Crítica de la Argentina:
Un librero es casi un libro”, escribió en sus memorias el desaparecido Héctor Yánover, poeta, ex director de la Biblioteca Nacional y fundador de la Librería Norte. Argumentaba que se trata de un tipo de persona “que cuando descansa lee y cuando lee, lee catálogos de libros; cuando pasea, se detiene frente a las vidrieras de las otras librerías; cuando va a otra ciudad, otro país, visita libreros y editores”.
Pero ahora, según una encuesta que publicó recientemente la Cámara Argentina del Libro, aquel viejo oficio “parece haber iniciado un camino inevitable de extinción”. Una sensación que ya flotaba en el ambiente (cada vez que uno iba a una librería en un shopping), pero que ahora se confirma de manera institucional.
Con el objetivo de explorar el mercado de libros de Buenos Aires, la Cámara Argentina del Libro realizó 15 encuestas en profundidad a encargados o dueños de librerías. Entre otras conclusiones, el informe señala que la expansión de las grandes cadenas de librerías trajo un nuevo tipo de librero que, en general, desconoce los textos que vende y carece de capacidad de asesoramiento, de formación especializada y de compromiso con los lectores. Según los entrevistados, los vendedores de hoy cuentan con un menor capital de lectura. Varios, incluso, señalaron la necesidad de crear “escuelas de libreros”.
ALTA ROTACIÓN. “Cuando yo empecé en el 90, en cada local había tres o cuatros tipos que sabían un montón y te enseñaban el oficio. Cuando las cadenas comenzaron a comprar las pequeñas librerías se quedaron con los empleados de los depósitos pero despidieron a los libreros. En las grandes casas la rotación de personal por las malas condiciones laborales es tan grande que nadie tiene tiempo de formarse”, explica Andrés Rodríguez, que heredó el oficio de su padre y que trabajó en Fausto, Losada y Gandhi hasta que abrió su propia librería, De la Mancha. “Hoy –agrega–, el viejo librero sobrevive en la pequeña y mediana librería”.
Luis del Mármol –que también pasó por Gandhi y Fausto hasta abrir la librería que lleva su apellido– no es tan categórico como las conclusiones del informe y asegura que hay locales que todavía siguen formando libreros. “El mundo de las librerías de Buenos Aires no se agota en las grandes cadenas, que cubren sólo una parte del mercado. Hay otras librerías que seleccionan más su material, que están más ligadas a la filosofía o las ciencias sociales, con libreros que se preocupan por el perfil del material que venden y que saben qué necesitan sus clientes”.
El estudio de la Cámara del Libro revela también que los libreros se quejan de una escasa inversión en políticas públicas destinadas a incentivar la lectura y a proteger la situación de las librerías, entendidas como espacios de difusión cultural.
También menciona, entre los diferentes problemas, el aumento del costo de las locaciones y el exceso de novedades publicadas, que ocupan cada vez más espacio físico y genera mayor trabajo cotidiano: registro de ingresos, egresos y devoluciones. En otras palabras, el problema de los libreros y las librerías también es una cuestión del mercado editorial.
“Las editoriales grandes hoy diseñan libros para vender en las cadenas. Están más pensados desde el marketing para la venta masiva que desde la calidad literaria. A esos sellos no les interesa armar un catálogo ni generar lectores, porque esos textos no invitan a leer otros textos. Para la librería chica son un problema, porque por ahí le dejan 20 cajas que hay que etiquetar, acomodar, ingresar y a los cuatro meses las editoriales mandan esos libros a las mesas de saldos. No rinde. Nosotros directamente no trabajamos con las editoriales grandes, preferimos darles lugar a las chiquitas y a las independientes”, dice Rodríguez.
La sensación de los libreros –de acuerdo al trabajo publicado por la Cámara del Libro– es que viven sometidos a una situación de abuso desde las editoriales y a una rentabilidad escasa en función al excesivo trabajo que deben llevar adelante.
Los encuestados manifestaron que un mayor trabajo conjunto les permitiría conseguir mejores condiciones a la hora de comprar e importar textos, entre otras cosas. Ya hubo algunas que intentaron organizarse en ese sentido, algo que no parece muy difícil porque, como decía Yánover en sus Memorias de un librero, después de todo un librero es un amigo.

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